15 feb. 2010

Felicidad y Salud

Durante más de una década en el ámbito de la psicología positiva muchos científicos han venido investigando la conexión entre la felicidad y la salud. Por lo visto, estas investigaciones están empezando a validar lo que muchas tradiciones espirituales que podríamos encuadrar en lo que Aldous Huxley consideró como sabiduría perenne, ya sabían en forma intuitiva, esto es que tener un sentimiento de paz, de plenitud y una finalidad conduce a una vida más sana, más equilibrada y más larga.


En los últimos años, científicos sociales como Sonja Lyubomirsky, Ed Diener y Martin Seligman, entre tantos otros, han estudiado la forma de cuantificar la felicidad y considerar sus elementos constitutivos si es que vale el término. Basándose en sus investigaciones, Seligman desarrolló la “fórmula de la felicidad”:

F = R + C + V,    donde:

F = nivel perdurable de Felicidad de la persona;

R = Rango pre establecido genéticamente para cada persona;

C = Circunstancias que rodean a la persona;

V = Factores que están bajo total control voluntario de la persona

Esto, según él indica que la felicidad es en parte genética, en parte como resultado de las circunstancias, y en parte un resultado de la decisión consciente e intencional. De hecho, según los cálculos de Seligman, las condiciones externas de la vida, como tener más dinero o una casa más grande, sólo representan entre el 7 y el 10 % de la felicidad real, mientras que la genética (el 40%) y de acciones intencionales (el 50%).

Según Sonja Lyubomirsky, casi todos los aspectos de la salud parecen estar afectados por la felicidad (o la falta de ella): el físico y el bienestar mental, los niveles de energía, la función inmune, las relaciones con los demás, e la duración de la propia vida.

Un creciente cúmulo de evidencias pareciera estar sugiriendo que la felicidad puede realmente hacernos vivir más: un estudio realizado con 180 monjas reveló que las monjas alegres tienden a vivir más que sus pares tristes y depresivas. Las dos terceras partes de las depre consideras en el estudio murieron antes de cumplir los 85, las más contentas y felices vivieron 9 años más en promedio. Otro estudio de la Universidad de Duke indicó que el ejercicio regular puede ser tan efectivo como la medicación para aliviar la depresión. Las evidencias empíricas que vinculan los estados de plenitud con la mayor salud se van acumulando confirmándonos que ciertamente existe una relación entre ambos. Bueno, bueno, esta relación tampoco nos puede sonar contra-intuitiva, ¿no?

Si la felicidad no sólo nos satisface sino que mejor nuestra salud, la pregunta del millón es ¿cómo procurar llevar una vida feliz? Las estanterías de las librerías están saturadas de libros de auto-ayuda que intentan darnos alguna respuesta al interrogante. En lo personal me parece claro que no existe una receta única que nos sirva a todos. Algunas estrategias de búsqueda de la felicidad parecen particularmente eficaces como puede ser realizar ejercicio físico, alguna forma de terapia, recurrir a la meditación, escuchar a nuestros propios cuerpos, promover y potenciar nuestras relaciones y, por sobre todo, ir en busca de un propósito.

Dado la creciente evidencia que relacionan la felicidad y la salud, y las enormes consecuencias sociales de ello, es importante que los gobiernos de cada país promuevan políticas macro y locales que fomenten la felicidad. Fruto de ello, algunos se están tomando esto en serio y han comenzado a intentar medir los niveles de felicidad de los países y actuar en consecuencia. Lo notable es que todos apuntan a imitar lo que un país perdido en la nada: como Bután, está haciendo.

Humanismo y Conectividad de Andres Schuschny

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