19 abr. 2013

La parábola de Jesús: El rico y la gran cosecha


Jesús enseñaba a las muchedumbres; y mientras hablaba, un hombre se le acercó y dijo:
Rabí, escucha mi súplica: mi padre murió y dejó una gran herencia, pero mi hermano se ha apoderado de todo y ahora rehúsa compartirlo conmigo. Te ruego que le ordenes hacer lo que es justo, y que me de lo que es mío.

Y Jesús dijo: no he venido a ser un juez de tales asuntos; no soy un agente de los tribunales. Dios no me envió a obligar a un hombre a obrar con justicia. En todos los hombres hay un sentido de la justicia, pero muchos no se dan cuenta. Los humos que nacen del egoísmo han formado una costra en su sentimiento de la justicia que cubre la luz interior que hay en él, y no pueden comprender ni reconocer los derechos de los demás hombres. Este velo no puede ser arrancado por la fuerza de los brazos, y no hay nada que pueda disolver esta costra excepto el conocimiento y el amor de Dios.
Mientras los hombres están en el fango, el firmamento parece estar lejos; pero cuando los hombres se encuentran en la cima de la montaña, el firmamento está cerca, y casi pueden tocar las estrellas.

Entonces Jesús, volviéndose a los doce, les dijo: mirad cuántos hay en el fango de la vida carnal. La levadura de la verdad cambiará la arcilla en roca sólida y los hombres podrán arder y encontrar el camino que conduce a la cima de la montaña. No podéis ir deprisa; pero debéis esparcir esta levadura con mano generosa. Cuando los hombres hayan aprendido la verdad que lleva en su rostro la ley del bien, se apresurarán a dar a cada hombre lo que merece.
 Entonces Jesús dijo  a la gente: prestad atención, no codiciéis nada. La riqueza de los hombres no consiste en lo que parece que tienen: tierras, plata y oro. Estas cosas son sólo riqueza prestada. Nadie puede atesorar los dones de Dios. Las cosas de la naturaleza son las cosas de Dios, y lo que es de Dios pertenece  a todo hombre por igual. La riqueza del alma reside en la pureza de la vida y en la sabiduría que desciende del cielo.

Mirad, las tierras de un hombre rico dieron cosecha abundante, y sus graneros resultaron ser demasiado pequeños para contener todo el grano, y se dijo: ¿Qué haré? No puedo regalar el grano, no puedo dejar que se pierda; y entonces pensó: esto es lo que haré: derribaré estos graneros pequeños y construiré otros nuevos; allí almacenaré mi grano y diré:

Alma mía, descansa; tienes suficiente para muchos años; come, bebe, llénate y alégrate.

Pero Dios observó a aquel hombre y viendo su corazón egoísta, dijo: necio, esta misma noche tu alma abandonará su casa carnal; y entonces ¿quién va a disponer de la riqueza que has acumulado?

Hombres de Galilea, no acumuléis tesoros en los baúles de la tierra; la riqueza que acumuléis arruinará vuestra alma.

Dios no da la riqueza a los hombres para que la amontonen en cámaras secretas. Los hombres no son más que senescales de la riqueza de Dios y deben usarla para el bien común. A todo senescal que es sincero con sí mismo, con los demás, con todo lo que es, el Señor le dirá: bien hecho.

El Evangelio Acuario de Jesús el Cristo, de Eva S. Dowling (1907),  capítulo 111, página 179, Editorial Abraxas (2002).


Fuente: Fundación Anata

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