16 dic 2011

Carlos Vallés s.j. : Dejar a Dios ser Dios


La primera vez que un hindú, hablando de oración, me preguntó: «Padre, ¿cómo acallar el pensamiento, mantener a raya las distracciones y conseguir que la mente quede del todo vacía al meditar?», contesté con un tono impulsivo de autoseguridad agresiva: «La oración no consiste en vaciar la mente, sino, al contrario, en llenarla; llenarla de buenos pensamientos, de santos propósitos, de palabras del Señor en la Escritura, de las reflexiones que hagamos sobre ellas, lo que nos diga el Señor y lo que le digamos a él. Una mente vacía no sirve de nada; hay que llenarla de Dios, y para eso está la oración» Me quedé muy orgulloso de mi respuesta, que reflejaba al cien por cien mi engreída superioridad occidental de colonizador espiritual del mundo infiel, y me pareció haber dado una buena lección en el arte de meditar.                                                               

Me costó años descubrir, entender y apreciar la manera que el Oriente tiene de orar, y su diferencia, típica de la diferencia este-oeste, en entender la realidad religiosa y reaccionar ante la vida, en la manera de prepararse para acercarse a Dios.

¿Cómo vaciar la mente?» qué yo no supe en un principio contestar. Para vaciar la mente se va reduciendo el contenido intelectual de la oración. La repetición sencilla del nombre de Dios, unida a los ritmos naturales de la respiración, el pulso, o el paso al caminar, es práctica universal que mantiene el contacto sin cargar la mente. Basta viajar en la India en un vagón de tren es) y fijarse en los labios de los compañeros de viaje para constatar el hecho. Y sus labios se están moviendo rítmicamente en silencio. Viaja con Dios. Y al otro lado, una joven madre con un niño en brazos lo mira y lo cuida y le habla y lo arrulla... y entre medio sus labios también arrullan a Dios. El nombre sagrado, la repetición rítmica, la plegaria incesante, el contacto vital. La India entera respira el nombre de Dios en los vientos del Himalaya y en la corriente del Ganges, en el peregrinar de sus gentes y en el edificar de sus templos, en el aliento de los fieles y en el movimiento de sus labios. Un continente que palpita a Dios, y lo hace control naturalidad, sencillez y calma.

Un día iba yo muy temprano por la mañana, en el frío del invierno del monte Abu en el Rajasthán, recorriendo a pie la distancia de poco más de un kilómetro que separaba nuestra casa del convento de las monjas donde había yo de decir la Misa.

Al cabo de un rato noté que alguien iba por la carretera delante de mí. Era una mujercilla menuda, vestida sólo con un escaso sari recogido entre las piernas, al estilo de las mujeres trabajadoras, para andar mejor. Yo andaba más rápido que ella, me acerqué, la alcancé y la adelanté. Al hacerlo, noté que iba diciendo algo, y presté atención. Al ritmo de sus pies descalzos sobre el frío asfalto iba repitiendo con terca y tierna devoción las palabras sagradas: «¡Oh, mi Dios; oh mi Señor! ¡Oh mi Dios, oh mi Señor!» Rezaba al andar, sus pasos eran las cuentas de su rosario, su teología eran dos palabras, Dios y Señor, y su devoción llenaba el monte entero en el amanecer silencioso de los picos dorados. Seguí oyendo su breve jaculatoria según me fui alejando.                                                       

Allí iba yo, envuelto en mi bufanda, haciendo mi «meditación» de la mañana, es decir, pensando en el gran desayuno que las buenas hermanas me iban a dar después de la Misa y que constituía el gran atractivo de las vistas matutinas al convento, ¡Buena meditación llevaba yo! Profesional del espíritu, años de formación, miles de meditaciones, sacerdocio, votos, teología pastoral y cursillos de ejercicios... y aquella mujercilla del campo rezaba mejor que yo; es decir, ella rezaba y yo no. Y ella rezaba porque tenía a mano la manera de hacerlo, porque había heredado un reflejo ancestral que la llevaba a pronunciar el nombre de Dios al andar, al respirar, al vivir, como parte misma de su ser. La oración, al hacerse más sencilla, se hace más universal y lo llena todo.                                             

Reduce el contenido intelectual de la oración, y subirá su calidad. Haz callar a la mente para que hable el corazón. Negar las apariencias para que surja la realidad, domar el pensamiento para liberar la verdad, vaciar la mente para que la llene Dios. A eso se dedica la India hace siglos. La gran oración de la India es el silencio .

Extracto del libro: Deja a Dios ser Dios del sacerdote jesuita radicado mas de 40 años fue destinado a la India donde regento la cátedra de ciencias exactas de la universidad San Javier en Almedabad hasta su jubilación en 1985. Muchos años vivo como huésped ambulante, mendigando hospitalidad de casa en casa en los barrios pobres. Eso le proporciono un conocimiento directo y una experiencia valiosa del modo de vivir y entender la vida de los hindúes, mahometanos, jainistas, budistas, parsis y animistas.Esa experiencia enriqueció  grandemente su propia cultura y pensamiento y le inspiró a escribir libros en ingles y castellano.

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