29 jul. 2009

El paso imperativo: Aumento de conciencia


La insostenibilidad en la sociedad, en la economía y en la ecología, la irracionalidad de muchos elementos en el comportamiento humano, la obsolescencia de algunas de las creencias y aspiraciones dominantes son síntomas del malestar que aflige a nuestro planeta, pero no son la causa de la enfermedad.

La causa yace en algo más profundo: se encuentra en el modo en que pensamos.
Albert Einstein dijo que no podemos resolver un problema con la misma mentalidad que lo ha generado. Podemos aplicarlo al mundo contemporáneo: no podemos curar nuestro planeta con el mismo modo de pensar que ha creado su enfermedad.

La mentalidad que predomina actualmente, materialista y egocéntrica, es obsoleta y debe cambiar. Por suerte, la mentalidad que ha dominado el mundo en los últimos cien años no es una característica permanente de la especie humana. Durante gran parte de los miles de años en los que los hombres han poseído otras varias formas de cultura y conciencia, éstos nunca se han sentido «separados » del mundo que los rodeaba. Siempre han vivido con la convicción de que el mundo es uno, y que nosotros formamos parte intrínseca de éste.

La radical separación del ser humano que piensa y que siente frente a un mundo que ni piensa ni siente no llegó hasta la edad moderna, principalmente desde Occidente. Y esto nos ha conducido a un aprovechamiento irracional de la naturaleza, como si esta no sintiera, en frente, un ser humano confuso que piensa y siente y por eso se cree separado y superior. Los pensadores más inspirados no han aceptado nunca una visión antropocéntrica tan estrecha, ya fuesen artistas, poetas, místicos o científicos. Giordano Bruno, Leonardo Da Vinci, Goethe, Galileo Galilei, Nicolás Copérnico y, en épocas más recientes, Albert Einstein nos han dejado grandes testimonios de su convicción de que el mundo, a pesar de ser misterioso en muchos aspectos, es intrínsecamente único y está lleno de significado.

La conciencia dominante de la humanidad podría dar un nuevo giro en los próximos años; y hay indicios de que este giro ya se ha iniciado.
Las nuevas culturas que surgen al margen de la sociedad son portadoras de una mentalidad muy diferente de la materialista y de la que sólo se preocupa de sí misma de forma mezquina, aún dominante. Psicólogos sociales, parapsicólogos experimentales, sociólogos pero también médicos e investigadores del cerebro
están descubriendo un tipo diferente de percepción y de conocimiento en las personas, especialmente en los más jóvenes, en los niños: «conciencia integral», «mente abierta», «conciencia no-local », «mente holotrópica», «mente infinita», o «mente sin límites».

La conciencia ahora emergente confirma lo que habían predicho esos pocos, importantes pensadores, y las culturas espirituales ancestrales. El sabio hindú Sri Aurobindo advirtió la aparición y la difusión de la que él llamó «superconciencia» (el tipo de conciencia que se alcanza en el samadhi, satori, y en similares estados de meditación) como signo distintivo de la próxima fase evolutiva de la conciencia humana. El filósofo suizo Jean Gebser ha definido esta fase como la llegada de la cuarta dimensión de la conciencia integral, que surge después de las anteriores fases de la conciencia: arcaica, mágica, mítica. El místico americano Richard Bucke describe esta fase como «conciencia cósmica», que va más allá de la simple conciencia animal y la actual auto-conciencia humana. Y para el místico Eckhart Tolle, la conciencia forma parte del universo: se trata de la parte esencial.
El científico social Chris Cowan y Don Beck han elaborado a propósito de esto un esquema de colores al que llaman «espiral dinámica ». Según esta concepción, la conciencia humana de la fase «estratégica-naranja», materialista, consumista, que tiende al éxito, imagen, estatus, crecimiento irracional,… ha evolucionado a la fase «consensual-verde» del igualitarismo y la orientación hacia los sentimientos, la autenticidad, el acto de compartir, la tutela, la comunidad; y ahora se está volviendo a la fase «ecológica-amarilla» en la que nos concentramos en los sistemas naturales, la auto-organización, las realidades múltiples y el conocimiento. En el futuro, se llegará a la fase «holística-turquesa» de la individualidad colectiva, la espiritualidad cósmica, el cambio de la Tierra.

También las tradiciones espirituales hablan de la llegada de una nueva conciencia. Los antiguos mayas predijeron que la era inminente será la era en la que el éter, el quinto elemento del universo desde siempre desconocido, llegará a ser el que domine. «Los elementos tradicionales, aire, agua, fuego y tierra… han dominado varias épocas del pasado» ha dicho el portavoz y alto dignatario maya Carlos Barrios, «pero habrá un quinto elemento con el que ajustar cuentas en el tiempo del Quinto Sol: el éter». El éter, puntualiza, penetra en todos los espacios y transmite ondas de energía en un amplio aspecto de frecuencias.

Una importante tarea de esta era será entonces «aprender a sentir, a apreciar la energía en cada cosa, en todos y cada uno: personas, plantas, animales. Y esto se hace más importante a medida que nos acercamos más al mundo del Quinto Sol, ya que está asociado al elemento «éter», el reino en el que la energía vive y fluye».

De forma incidental, que no accidental, los físicos están descubriendo que el éter, hace un siglo, fue injustamente descartado cuando fallaron los experimentos para medir la fricción que se preveía que éste causaba en la rotación de la Tierra. El puesto del éter no es reemplazado por el espacio vacío, el vacuum. Lo que los físicos llaman el quantum vacuum está muy lejos de ser espacio vacío: según las Teorías de la Gran Unificación es el campo unificado, el regazo de todos los campos y de todas las fuerzas de la naturaleza. Contiene una asombrosa concentración de energía y propaga y transmite información altamente esclarecedora.

En la filosofía hindú, el éter era considerado el más importante de los cinco elementos, aquél sin el cual los otros no pueden subsistir. El éter era conocido como Akasha, el elemento que también conecta todas las cosas -el «campo akashico»- y conserva la memoria de todas las cosas, la «crónica akashica». Actualmente, en forma de campo cósmico de energía e información, el éter recupera el estatus de preeminencia del que disfrutó hasta hace cinco mil años.

Una conciencia que reconoce nuestras conexiones con el éter –una conciencia akashica- es una conciencia de unión y pertenencia, en definitiva, a la unidad que forman las personas y la naturaleza. Es la conciencia transpersonal de la visión de los filósofos, predicha por los mayas, y apoyada hoy por los descubrimientos de la más avanzada frontera científica.
La evolución de esta conciencia y su difusión cada vez entre más personas, puede ser un requisito de base para la curación de nuestro fragmentado y crónicamente insostenible planeta, aunque para nada incurable.

Este texto pertenece a un capítulo del libro La Felicidad en el cambio, de Ervin Laszlo y Marco Roveda.

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